Lo que nos (des)une

Con el objetivo de construir una convivencia pacífica en sociedades polarizadas, se suele recomendar poner atención en aquello que nos une. Y es que es imposible reconstruir las relaciones de una comunidad desde las trincheras. Cuando nos sumergimos en este ejercicio, nos damos cuenta de cuántas cosas compartimos con las personas que tomamos como enemigas. Así, reconociendo la dignidad del otro, se activa la empatía y se abren los caminos para sanar la relación.

Esto no quiere decir que desaparezcan las cosas que nos separan. Las diferencias seguirán ahí: seguiremos teniendo distintas ideologías, gustos, seguiremos siendo de distintas clases o lugares de procedencia, y chocaremos y tendremos tensiones. Al fin y al cabo, los conflictos son parte de ser humano. Sin embargo, a diferencia de lo que se ve en situaciones de polarización profunda o violencia, estas diferencias toman otra dimensión: no son razón para negarle la dignidad a nadie.

Aceptar todo lo que nos separa es un resultado colateral del acto de descubrir todo lo que nos une, paradójicamente. La dignidad humana, esa esencia compartida por todos los humanos, nos iguala; y también nos separa en tanto que ubica las diferencias en la naturalidad. Bienvenida sea pues la separación, cuando es resultado de unirse.

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¿A dónde nos llevan?

Las personas tendemos a seguir a las multitudes, sin examinar los méritos de una cosa en particular. Esta tendencia se denomina “efecto Bandwagon” o “efecto de arrastre”. Cuanta más gente crea en algo, más gente se unirá a dicha creencia sin tomar en cuenta las evidencias que hay detrás. Es por este efecto por lo que solemos apoyar las causas que damos por ganadoras. 

Cuando este arrastre ocurre a favor de causas justas, como por ejemplo la defensa de los derechos humanos o la igualdad de género, quizás no nos importe tanto las razones por las que la gente se ha unido. Pero no olvidemos que sigue siendo un sesgo cognitivo: un posicionamiento sin conciencia ni análisis crítico, que hacemos de forma inconsciente.

La voluntad de que las violencias sufridas en nuestra sociedad nunca más se repitan está ampliamente extendida, afortunadamente. Pero ¿hasta qué punto hemos interiorizado esa voluntad de forma profunda y crítica? ¿A qué nos compromete? ¿Por qué nos hemos unido a esta corriente?

Identificando y cuestionando nuestros propios arrastres, construiremos bases más solidas para nuestras causas justas.

 

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Reconstruyendo lo que está roto  (1/5)

La sociedad vasca ha avanzado mucho en su camino hacia una convivencia más pacífica tras décadas de violencia y polarización que han dejado muchas heridas: a veces en forma de pérdidas y duelos complejos, otras como heridas físicas, emocionales o incluso morales. También se han roto relaciones, grupos, comunidades y, sobre todo, confianzas.

Ante esta situación, hace décadas que se vienen dando iniciativas para intentar curar y reconstruir el tejido social. Algunas de estas iniciativas supusieron un hito por su valentía y aportación a la convivencia sin precedentes: encuentros entre víctimas de violencias de procedencia diversa, entre víctimas y victimarios, entre personas de distintas sensibilidades a nivel municipal o simplemente entre personas que de forma cotidiana no compartían los mismos espacios… En estos últimos años hemos visto cómo se reproducían este tipo de espacios, hasta el punto de que casi han dejado de ser noticia. ¿Significa esto que ya convivimos con normalidad? ¿que hemos llegado donde queríamos llegar?

El camino de construcción de la paz no tiene un final. Se trata más bien del acto de construir, de caminar, más que de llegar a algún lugar concreto. Y es que cada hito u objetivo conseguido no hace más que abrir caminos nuevos. Esto es lo que ocurre con estos espacios de encuentro: confirman que el tejido social aún está roto, que esto afecta a la cotidianeidad de muchas personas y que hacen falta espacios restaurativos para reconstruir el tejido social. Trataremos de clarificar por qué y cómo en una serie de posts.

 

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Por qué hacen falta espacios restaurativos (2/5)

En estos momentos, se dan tres condiciones muy sencillas:

1. Hay personas que necesitan y quieren expresarse.

2. Hay personas dispuestas a escuchar.

3. Hay un contexto de distensión que facilita unir lo anterior.

Esto que parece tan obvio y simple, no se ha dado tan frecuentemente como podría parecer. El silencio autoimpuesto, la falta de confianza mutua, el miedo, los prejuicios o el simple desconocimiento de otras realidades han dificultado, por un lado, que las personas que así lo necesitan tengan medios para expresarse en un espacio seguro y, por el otro, que las personas dispuestas a escuchar empáticamente puedan hacerlo sin ser juzgados de equidistantes o incluso traidores.

Estos encuentros no son sólo posibles, sino también deseables y necesarios para desarrollar estos tres compromisos: respecto al pasado, revisión crítica; respecto al presente, reparación; y respecto al futuro, prevención.

Pasado y revisión crítica

Escuchar historias diversas de primera mano genera empatía, y esto puede activar el cuestionamiento de certezas instaladas en forma de informaciones sesgadas o creencias dogmáticas. Para quien las narra, al ser un ejercicio de creación de sentido, supone un intento de ordenar las experiencias del pasado, lo cual puede generar nuevos significados. Es decir, inevitablemente el conocer realidades distintas a las que vivimos, como poco, nos confronta con las "verdades" desde las que actuábamos y sentíamos, y resulta una invitación difícil de declinar a cuestionar lo propio para hacerle un lugar a lo ajeno.

Presente y reparación

El acto de escucha mutua parte de la base del reconocimiento de la dignidad humana (propia y la de los demás): reconocerse en el otro, y verse reconocida/o en lo más básico (que somos humanos, y merecemos respeto sólo por eso) es necesario en cualquier diálogo honesto. Este reconocimiento ya es en sí reparador, ya que la violencia del pasado se sostuvo sobre la premisa de que había causas más importantes que el respeto a la dignidad humana de todas las personas sin distinción.

Futuro y prevención

Estas experiencias nos muestran los mecanismos desde los que construimos al "otro", cómo lo convertimos en enemigo y polarizamos las relaciones. Estos espacios nos traen consciencia sobre el trabajo preventivo permanente que debemos hacer colocando la dignidad humana y el reconocimiento del "otro" en la centralidad necesaria para una convivencia sana. Además, las experiencias de reconstrucción de vínculos que viven las personas que participan en estos espacios tienen efectos más allá de estas; su efecto puede ser multiplicador, ya que es probable que generen y transmitan a su alrededor nuevas formas de relación mejor blindadas ante posibles condiciones que puedan volver a situaciones de violencia.

 

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Qué son los espacios restaurativos (3/5)

Entendemos estos espacios como espacios participativos necesarios. Estos espacios, más o menos organizados forman parte de procesos más amplios donde toman mayor sentido y se nutren y aportan al mismo tiempo al propio contexto.

Tienen su inspiración en las prácticas restaurativas que poco a poco se van abriendo paso en sociedades complejas, diversas y desiguales como las nuestras, pero son prácticas que beben de culturas antiguas, prácticas ancestrales e indígenas de todo el mundo con fuerte sentido de comunidad.

Si buscamos el significado etimológico de la palabra, reconciliar viene del latín reconciliare, que se forma con el prefijo re- y el verbo conciliare, vinculado al sustantivo concilium (asamblea, reunión, unión). Es así como reconciliare en origen es hacer volver a alguien a la asamblea, a la unión y al acuerdo con otros.

Y es así como reconciliar y restaurar (las relaciones) encuentran un espacio de confluencia para la construcción responsable y compartida reparando lo dañado, reconociéndonos en el “otro”, devolviendo la dignidad al centro, trabajando por el “nunca más” y permitiendo que emerjan nuevas necesidades.

Estas prácticas buscan el desarrollo de la comunidad, así como su capacidad de manejo del conflicto y de las tensiones reparando a su vez el daño, forjando relaciones y promoviendo los lazos emocionales. Contribuyen a la comunicación afectiva (comunican los sentimientos de las personas) así como a la reflexión sobre cómo la conducta de unos afecta a los otros. Promueven la conciencia, empatía y responsabilidad.

En estos encuentros pueden participar personas que han sufrido la violencia directamente, personas que la han ejercido o apoyado, y también personas que han sido testigos o incluso distantes con el tema en cuestión. En este sentido, estos espacios no tratan de equiparar las vivencias, las distintas vulneraciones de derechos humanos y las responsabilidades. Más bien se trata de hacerse cargo: por un lado, de una/o misma/o y, por otro, de la comunidad en su conjunto. Es un ejercicio de corresponsabilidad.

 

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Cómo tienen que ser estos espacios restaurativos (4/5)

Se trata de generar las oportunidades y condiciones para que se den espacios de encuentro. Estos espacios de encuentro deben basarse en la voluntariedad de sus participantes, deben ser espacios seguros, fuera del foco mediático y de las trifulcas partidistas, procesuales (dentro de un contexto), deben contar con la participación activa de personas que se han visto afectadas por nuestro pasado violento y deben ser espacios orientados a la reparación (del tejido social y las relaciones interpersonales). Un espacio de cuidado que evite y no perpetúe situaciones de violencia, busque la resolución del problema reparando los daños ocasionados y restaure las relaciones afectadas reforzando así la red de relaciones que garanticen la transformación de conflictos de la comunidad.

La preparación de estas oportunidades de encuentro genera puentes y red. Son un ejercicio también de localización de personas dispuestas a participar buscando siempre una pluralidad para que en los espacios de encuentro se topen la mayor diversidad de sensibilidades y vivencias posibles. Se teje, como las telarañas, una red improbable hasta ese momento.

El valor que tienen los espacios de encuentro locales es potente e importante. Más allá de la alta política, el ámbito local es donde se dan la mayoría de nuestros espacios cotidianos de encuentro y también de desencuentro. Debemos de recuperar la confianza entre nosotros y nuestra capacidad de encuentro para poder perder miedo también al desencuentro. El desencuentro, cuando no pierde la brújula de la dignidad humana, es un espacio de oportunidad, innovación y crecimiento.

 

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Lo que podemos decidir ahora (5/5)

Carlos Martín Beristain, en su artículo “El tiempo de las 7” cuenta lo que le dice una persona que trabaja con pueblos ancestrales: “Los indígenas de América del Norte, antes de tomar una decisión importante, piensan en siete generaciones que seguirán”. Seguido, Beristain hace esta reflexión:

Parece un número preciso o mítico, pero nos habla no solo del futuro sino de gente concreta que estará aquí, cuando nosotros ya no estemos. Pienso en los políticos que se creen dueños del tiempo. Que lo administran y definen la única realidad posible como la que ellos crean. La Comisión de la Verdad tiene solo dos años y un mes más de trabajo. Pero el tiempo de los indígenas nos enseña para lo que trabajamos, para las próximas siete.

Esta mirada de largo plazo es importante en el trabajo que proponemos. Las decisiones que tomemos ahora, todo lo que hagamos o dejemos de hacer, afectará a varias generaciones que vienen. Podemos elegir ahora qué verán cuando nos miren desde ese futuro. Puede que este arte japonés nos inspire esa elección:

Kintsugi (金継ぎ?) (en japonés: carpintería de oro) o Kintsukuroi (金繕い?) (en japonés: reparación de oro) es una técnica de origen japonés para arreglar fracturas de la cerámica con barniz de resina espolvoreado o mezclado con polvo de oro, plata o platino. Forma parte de una filosofía que plantea que las roturas y reparaciones forman parte de la historia de un objeto, y que deben mostrarse en lugar de ocultarse, incorporarse y además hacerlo para embellecer el objeto, poniendo de manifiesto su transformación e historia.

 

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Claves para orientarnos ante el conflicto I

¿Qué es el conflicto?

El conflicto surge ante el choque o desencuentro entre las necesidades, objetivos, intereses o puntos de vista enfrentados entre dos partes o más. Dependiendo de cómo lo gestionemos, éste será constructivo o destructivo.

El conflicto es parte inherente a la vida. Siendo seres sociales está absolutamente vinculado a nuestras vidas y relaciones. La mayoría de veces asociamos la palabra conflicto con connotaciones negativas, pero no tiene por qué ser así siempre que lo entendamos como un proceso de aprendizaje. Con las situaciones de conflicto avanzamos o retrocedemos, son momentos críticos, oportunidades para el cambio y el desarrollo. Ello no quita que sea un camino lleno de dificultades, pero si lo afrontamos con un punto de vista constructivo, las oportunidades que se crean son interesantes oportunidades para crecer y fortalecernos como personas o grupo.

Los conflictos suelen ser experiencias llenas de emociones, pero también, y sobre todo, experiencias de aprendizaje que nos ofrecen muchísima información. Nos ayudan a descubrir recursos y actitudes que desconocíamos, a aprender nuevas habilidades y a superar limitaciones propias.

Por todo ello es importante analizarnos a nosotros/as mismos/as, tomar consciencia sobre cómo actuamos ante un conflicto; cuáles son nuestras fortalezas a la hora de gestionar un conflicto; conocer en qué podemos mejorar; todo ello contribuirá a que el conflicto desemboque en un resultado constructivo o destructivo.